En la polémica columna que escribió Nicolás Alvarado respecto a Juan Gabriel expresó que el divo de Juárez tiene, en la sociedad mexicana, un valor equiparable al de la Virgen de Guadalupe y también al de Octavio Paz. De este último, argumenta que no es gracias a lo que hizo sino debido a lo que representa en el imaginario nacional; y es quizás su galardón como Nobel de Literatura en 1990 lo que ayuda a esta sentencia.

Paz

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No es por darle la razón al ex director de TV UNAM pero si la gran mayoría de la sociedad conoce a Octavio Paz no es gracias a leer sus ensayos, mucho menos su poesía más bien es por el repetido empeño de reconocer en su premio una valía propia aunque desconocida.

El mayor acercamiento del grueso de la sociedad a su obra es con la lectura, muchas veces obligada, de El laberinto de la soledad publicado en 1950 en donde esboza algunas de las cuestiones más latentes en torno al mexicano, su psicología y su moralidad. Pocos conocen, no obstante, que fue un entusiasta en el estudio de Sor Juana Inés de la Cruz, del uso del lenguaje o de tópicos como el erotismo y el amor. Dentro de los pocos, una minoría conoce o ha leído sus poemarios entre los que destaca Libertad bajo palabra, Piedra de sol, Salamandra y Blanco.

Sin embargo, volviendo al 11 de octubre de 1990, la Academia Sueca decidió otorgarle su máximo galardón en las letras a Paz: “Por su escritura apasionada y de amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística”. Esto marcó un antes y un después en las letras mexicanas y, como se dijo al inicio, en el peculiar imaginario nacional cualesquiera que signifique eso.

Por: Daniel Montes.