Dentro de la categoría de máscaras de debut y despedida, está la de El Ángel del Silencio, interpretado por el primer actor Rogelio Guerra, en una mezcla de comedia ranchera y melodrama de índole chantajista, donde aparte de luchador también es mudo.

La historia de este angelito se debió a las plumas de los también buenos para el costalazo: Fernando Osés y el Lobo Negro.

Como uno de los casos más curiosos de las máscaras que inventó el género, está insólitamente la de El Asesino de la Televisión, que ocultaba el rostro del villano Carlos Agosti, que no sólo le hizo ver su suerte al Santo, sino también al «Tigre» Azcárraga, por tremenda intrusión en sus canales de televisión que, por ese entonces (1981) no daban una (bueno, ni ahora). Mi general Arturo “el Negro” Durazo, hasta prestó un helicóptero de la policía con quién sabe qué negras intenciones.

En toda una curiosidad dirigida por Federico Durán: La Verdad de la Lucha Libre (1982) que denunciaba los abusos y corruptelas de un nefasto y abusivo empresario de luchas (Noé Murayama), al Mil Máscaras y a su hermano, Dos Caras, se les hizo fácil encarnar a la pareja formada por los Dragones I y II. Para ello de despojaron de sus verdaderas máscaras y todo el mundo les vio –en el buen sentido—la cara. Hoy todavía viven arrepentidos.

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En 1989, Pepe Buil, quien ya antes (en 1981) había abordado en un film paródico pero reverencial, la mítica figura de Rodolfo Guzmán Huerta, El Santo, hace la gran película del Cine de Luchadores: La Leyenda de una Máscara, donde cuenta la historia de El Enmascarado de Plata, pero sin El Santo, inventando a El Ángel Enmascarado (Héctor Bonilla, con una máscara dorada muy similar a la del plateado) para así evitar el pago de derechos al luchador más metalizado de todo México: El Hijo del Santo.

La historia es fascinante y es el periodista Olmo Robles (Damián Alcázar), quien investiga la doble personalidad del enmascarado a partir de su supuesta muerte.

La cinta con una estructura fílmica similar a El Ciudadano Kane, ganó en su momento cuatro Arieles: Mejor Opera Prima, Fotografía, Ambientación y Actor de Cuadro y es considerada como la mejor cinta formal del género.

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Más barato por docena: En la película Luchadores de las Estrellas, se van literalmente a volar los enmascarados Volador, Misterioso y Nitrón, sin que nadie los vuelva a contratar para una peli. El crítico cinematográfico, Rafael Aviña,  que reseñó la cinta para el libro: ¡Quiero Ver Sangre! La Historia  Ilustrada del Cine de Luchadores escribió que la actriz Gloria Mayo: “algo entradita en carnes, en un filme que abusa de unos primitivos y risibles efectos especiales y sobre todo de una banda sonora de sonidos dizque galácticos…” por lo que la Mayo pide que, sí es tan machito, de la cara donde quiera y cuando quiera para que ella misma le quite la máscara que usa desde hace años.

En 1999, el actor Alberto Estrella, se pone la capucha inventada del luchador El Ángel (el “Justiciero Enmascarado”) y debuta en la cinta Santitos, de Alejandro Springall, para luego no volverla a usar más.

Lo mismo pasa con los enmascarados porno, Diamante y Master, protagonistas de las primeras películas porno mexicanas con luchadores: La Putiza y La Verganza, del 2005, dirigidas por Jorge Diestra.

Todavía ese mismo año habría una oportunidad más para Alberto Estrella, que sale enmascarado como Gardenia Wilson en la cinta de Arturo Ripstein: La Virgen de la Lujuria.

Sin embargo, pocos recuerdan a estos héroes enmascarados inventados por el cine, que parece que no tienen nada que hacer ante el más famoso de la camada: Mascarita (Joaquín Cosio) en Matando Cabos, de Alejandro Lozano (2005) porque ni Superbarrio, que debutó  en la película Carambola (de Kurt Hollander (igual del 2005) como pretexto del pancracio social, tuvo tanto éxito.

Por: Pepe Návar.