Suena el despertador. Arriba Don Regino Burrón, su esposa Doña Borola Tacuche ya lo espera con el desayuno: el platillo de hoy son frijoles con arroz. No hay agua otra vez, así sucede muchas veces en el callejón del Cuajo número chorrocientos chochenta y chocho.

Regino Burrón sale de su casa a toda prisa, debe alcanzar el autobús que lo llevará hasta su peluquería  El Rizo de Oro. Otra vez va muy lleno, se las ingenia para subir, ojalá que el asalto del otro día no se repita.

Mientras tanto, Doña Borola escombra sus alhajas, ser pobre no significa ser pordiosera. Revisa qué ponerse, tiene una gran cantidad de vestidos, aún los conserva desde sus épocas de mujer acaudalada. Se casó con Regino por amor, no por dinero: ella era rica y él, un humilde muchacho. Eso no importó, no hay cosa que ella quiera más que a su marido.

Se da tiempo para lavar, planchar, cocinar, dar de comer a su perro Wilson, y hasta de dar consejos a Doña Gamucita, que ya está cansada de trabajar de sol a sol; siempre la han considerado una mujer inteligente, refinada y de “pocas pulgas”, si no que le pregunten a Doña Flor, que se le “puso al brinco” el otro día y bastó con que Doña Borola enseñara su siempre fiel “mosquetón” para callar a la quejumbrosa.

Macuca Burrón ayuda a su madre, una señorita decente debe aprender a ser una buena ama de casa. Mientras, Regino Burrón Tacuche y Fóforo Cantarranas hijos del matrimonio se disponen a ayudar a su padre en la peluquería. Todo mundo sabe que Fóforo es un hijo adoptivo, pero no importa, se le quiere igual; ama la música y su mandolina. Su hermano Regino, estudia una carrera comercial y algún día cuando termine, le irá bien y sacará de pobre a la familia.

Más que vivir, sobreviven. Pero no importa, son felices. Presidentes vienen y van, pero las cosas siguen iguales, juntos viven el milagro de dormirse pobres y despertarse más pobres.

Por: Alejandro Camacho.