El suicida no se quita la vida, busca desesperadamente otra vida. Quiero creer que eso obligó al músico, guionista, fotógrafo y escritor Armando Vega-Gil a terminar con su existencia la madrugada del pasado lunes, en apariencia por una acusación del movimiento feminista #MeTooMusicosMexicanos contra el acoso y abuso sexual.

Un simple tuit, en teoría difamatorio y en la realidad anónimo, bastó para desatar los demonios internos del bajista de Botellita de Jerez y terminar ahorcado en un árbol en las inmediaciones de su domicilio en la Narvarte, no sin antes enviar un estremecedor mensaje en las redes sociales para anunciar que, aún siendo inocente, se suicidaría en “una decisión consciente, voluntaria, libre y personal”, pues tal acusación le destruyó la vida profesional y familiar, “aunque se supiera la verdad, se aclarara, ya me hicieron polvo, ya no tengo credibilidad… Entonces me voy a quedar sin trabajo”, sentenció en un audio de WhatsApp previo a su muerte.

 

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Sin afán de ejercer lo que no soy: ni abogado y mucho menos fiscal, la lapidación mediática hacia aquellos personajes señalados por esta campaña de denuncia no debería fijar su terreno de lucha exclusivamente en las redes sociales —que son un gran escaparate, es cierto—, pero no son el ministerio público, donde inicia la aplicación del curso de la ley hasta su respectiva sentencia, y donde uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario, siempre con la presentación de pruebas y testigos.

Pero Twitter —donde todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario— se ha convertido en el escenario idóneo para la Tercera Guerra Mundial y en el foro (romano) para ejercer cacerías de brujas o linchamientos, donde todos son buenos y geniales, pero no porque les interese la bondad o la inteligencia, sino porque a través de estas pueden señalar, condenar y hasta imponer castigo al supuesto infractor. Qué importa que resulte inocente, así se impone un precedente. Esa historia ya se ha visto desde la Inquisición.

En el caso del fallecido Vega-Gil resulta incomprensible y hasta insólito que alguien, que se presume inocente, se suicide por un tuit anónimo —de una chica que en apariencia conoce, aunque esta opta por no desvelar su identidad—, en aras de validar con su deceso lo que ya no puede hacer en la vida: “debo aclarar que mi muerte no es una confesión de culpabilidad, todo lo contrario, es una radical muestra de mi inocencia”, escribió.

Lo cierto es que por muy absurdo que resulte que un personaje, como el guacarroquer de 64 años, decida ya no tener nada por qué vivir, ¿quien es uno para contradecirlo? Nadie sabe qué problemas venía arrastrando en su atormentada cabeza: quizá el sentirse incomprendido, desaprovechado o hasta devaluado en una sociedad que no valoró su indiscutible talento y delirante sentido del humor como músico y escritor.

Tampoco hay que olvidar que a diario hay muchas mujeres a las que sujetos con poder o influencia les joden la vida con sus indecorosas propuestas, y que también recurren al suicidio —17 por día en el país, según cifras del #MeToo—porque no pueden con la presión de tan infames actos, como hacer públicas fotos de desnudos, sufrir hostigamientos y hasta violaciones de deleznables entes que denigran no solo al género masculino sino a la raza humana, paradójicamente cada vez más carente de humanidad.

Hoy la guerra entre ambos sexos se gana a punta de tuitazos, de llegar al trending topic, en un nuevo orden de relaciones interpersonales igual regidas por el sometimiento y el poder, que por la deshonra y la calumnia de las aparentes víctimas al supuesto victimario, incluso cuando algunas de estas denuncias suelen ser de relaciones tóxicas que únicamente desprestigian un colectivo legítimo y necesario como el #MeToo.

“Jugar con eso para salvarte de una demanda por pederastia e intentar limpiar tu imagen no solo es cobarde, es ruin”. Un mensaje de odio, envalentonado desde el anonimato, que en lugar de reavivar una causa noble, justa y valiente, termina por desacreditar y sepultar al #MeToo mexicano.

 

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Si de creer tuits se trata, yo solo confío y suelo contestar aquellos con perfiles acompañados de nombre y rostro, como el mío, pues por equidad, pero más por salud mental, no suelo charlar y mucho menos discutir con seudónimos o avatares. Ejemplo de ello es el reciente mensaje de la narradora y ensayista Alma Delia Murillo, una mujer con personalidad —que significa dar la cara— y a quien ni siquiera conozco personalmente, pero me tomo el atrevimiento de reproducir su reflexión publicada en las redes sociales: “El abuso y el suicidio no necesitan nuestro juicio ni nuestras soberbias opiniones. Necesitan nuestra empatía y respeto”. Toda una declaración de principios y con esa me quedo, con el libre intercambio de ideas y no condenas de ese patíbulo conocido como Twitter.

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”, Albert Camus.

 

Por: Carlos Meraz