A esta leyenda se la ha comido el tiempo, el progreso. Sucedió en el Centro Histórico, cuando pocas de sus calles tenían nombre. Era 1649 cuando de España llegó el joven Duarte de Sarraza, un joven con un par de títulos de nobleza y mucha riqueza. Además, contaba con el beneplácito del virrey de la Nueva España, Don García Sarmiento Sotomayor, lo que lo hacía prácticamente intocable.

Por si fuera poco, aquel joven había sido dotado de una belleza sin igual. Escudado en ello, Sarraza caminaba cada noche desde la que hoy es la calle de Luis González Obregón hasta la calle de Mesones, la que antes era la Calle de las Gayas. Ahí, escudado por la oscuridad de la noche, se entregaba al trago y a cuanta mujer se le ponía enfrente.

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Los hacía porque había sido bendecido con grandes cantidades de oro. Pero de incauto nadie lo podía tachar, sabía dónde era que vivía y lo peligroso que podía ser el rumbo. Siempre cargaba con su espada, listo para defenderse de quien se atreviera a pararse en modo retador frente a él.

Pero un día se encontró en la ciudad a Doña Margarita Jáuregui, de quien quedó prendado casi de inmediato. Pero no había quedado cautivado por sus sentimientos, sólo se interesaba por su cuerpo. Por supuesto que con su encanto Sarraza logró llamar la atención de Margarita y ella le permitía postrarse bajo su ventana para admirarla cada noche.

Pero entre ellos se interponía el tío de Margarita, Don Juan de Nava, quien era un sacerdote muy querido. No veía con buenos ojos la relación porque sabía de las formas de comportarse de Sarraza. Quien en un acto impulsivo, le pidió matrimonio a Margarita con el simple efecto de acostarse con ella.

Pero ella se resistió al no contar con la aprobación de su tío. Así que Sarraza no vio  más alternativa que matar al sacerdote. Una noche se escondió debajo del puente por el que pasaba el cura luego de hacer sus servicios y decidió sorprenderlo para apuñalarlo para luego aventar el cuerpo inerte al lago de lo que hoy es la Lagunilla. Y no se fue de ahí hasta ver que el cadáver se había hundido.

Más tranquilo y con la certeza de que podría finalmente consumar su pasión con Margarita, la noche siguiente tomó camino hacia su casa. Pero fue sorprendido por el sacerdote que ya había cambiado de color, y con sus manos esqueléticas, lo ahorcó.

Al día siguiente descubrieron a Sarraza abrazado del cadáver del sacerdote, quien tenía su puñal enterrado a la altura del corazón.

Por: Aldo Mejía.