Fui en busca de la famosa casa de la Tía Toña en Chapultepec. Dicen que ahí espantan. Pero, supuse, tenía que ser una historia más del montón. En esta ciudad en cualquier lado espantan, hay muchísimas casas viejas y abandonadas, pertenecientes a otro tiempo. ¿Por qué ésta debería de ser diferente? Mujeres solas con buenas intenciones han existido siempre.

Leí en el periódico que aquí vivió una señora con mucho dinero, y en aras de hacer el bien, decidió destinarlo a ayudar a niños de la calle. Pero se encontró con los peores. Acostumbrada a vivir sola, un día se vio rodeada de muchachos desconsiderados. Y su paciencia fue poca. Un día no pudo más y los mató uno por uno a golpes. Acto seguido, aventó sus cuerpos al río que corría cerca de ahí.

Pero la culpa fue grande y se aisló aún más del mundo. Se la tragó la tristeza y se encontró con la muerte.

Simplemente no pude creer la historia aquella, por inverosímil. A ninguna casa la protege la neblina ni un espíritu lucha para que nadie se le acerque a su propiedad. Que se hayan accidentado y hasta matado otros escépticos en la búsqueda de la tía, creía, era mera coincidencia.

Así que vine a ver la casa con mis propios ojos. Sin embargo, lo último que recuerdo es la silueta de alguien en una de las ventanas. Me desconcentré un momento, y la neblina de la que dudaba, me impidió percatarme de lo húmedo de las piedras. Y resbalé cuesta abajo.

Pude haber visto algún trabajador o el simple reflejo de la luz. Lo que haya sido, me tiene aquí abajo, solo, con el pie torcido y una rodilla hinchada. Escuchó que unos niños se acercan, pero no quiero pedirles ayuda, porque es de noche. No hay razón para que haya niños a esta hora aquí.

Por: Aldo Mejía.