Es de lo más común que muchos de nosotros le prestemos poca atención a nuestra alimentación, o cuando lo hacemos, es a cosas muy específicas: calorías, azúcar, carbohidratos, etc.

Normalmente, cuando nos fijamos en lo anterior, lo hacemos pensando en nuestro físico, pero muy pocas veces en las implicaciones que tienen en nuestro organismo (y mucho menos en las que tienen para el ambiente y la economía). Cuando llegamos a ese punto en el que queremos comer lo más saludablemente posible, nos preguntamos cuáles son las opciones.

Desde muchos puntos de vista, los alimentos orgánicos son la mejor opción, porque son cultivos que no necesitan fertilizantes ni pesticidas sintéticos. Además, los agricultores y productores encargados, se apegan a estándares específicos para el desarrollo del mismo, libre de todo tóxico.

A pesar de que ha sido un tema muy tratado en parámetros generales, es un hecho la desinformación que abunda en nuestra sociedad, ya sea, como se mencionó al principio, por una falta de conciencia y/o interés hacia lo que consumimos, o la falta de exploración y/o difusión de investigaciones que certifiquen qué alimentos están genéticamente modificados (también conocidos como transgénicos).

Ante estas dificultades, algunas organizaciones han implementado en sus actividades talleres de huertos urbanos,  con el objetivo de facilitar las herramientas básicas para poder ejercer una agricultura urbana desde casa. Además, Greenpeace ha elaborado la una guía roja y verde de alimentos transgénicos.

Es de suma importancia estar informados y tener una conciencia real de lo que forma parte de nuestro consumo diario. Porque, además de atender nuestra salud, apoyamos al desarrollo sostenible del campo y del comercio agrícola, así como a la contribución de causarle el menor daño posible al ecosistema.

Por: Fabiola Rocha González.