En esta casa se ahorcó un hombre. Nadie sabe la razón, lo que sí saben es que se niega a irse. Un pequeño niño se atrevió a brincar la barda que rodea la casa y se adentró tanto como pudo.

Echó un vistazo a los cuartos, hasta que se encontró con la silueta de un hombre colgando de una viga. A sus pies, la silla que le sirvió de escalón.

¿Quién podría haber soportado tal imagen? El niño corrió rumbo a la salida como alma que lleva el diablo. Y creció con ese trauma, no podía sacar tal imagen de su cabeza. Hasta que decidió regresar y probar que había sido su imaginación infantil la que le había jugado una mala pasada.

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Y así lo hizo. No le avisó a nadie y volvió a saltar la barda como lo hiciera años antes. Esta vez, ya no tuvo que buscar de cuarto en cuarto, sabía en cuál podrían estarlo esperando. Abrió la puerta para encontrarse con el mismo lugar en el que faltaba aquel cuerpo. Una cuerda y la silla esperaban por él.

Nadie volvió a saber de él.

Desapareció.

Esa casa se convirtió en su tumba.

Hoy, la Casa Moira es un centro cultural, poco usual, sí, porque se hacen sesiones espiritistas en las que se trata de contactar con quienes ahí perecieron.

Y aunque no tratamos de romper con la ilusión de una vida en otra dimensión, el principal uso es el cultural. Dar a conocer proyectos nuevos y hacer lecturas o performances. Porque es cierto que esto podría ser todo ficción.

Preocúpate si, al entrar, encuentras una cuerda de tu talla.

Por: Aldo Mejía.