“El desayuno es la comida más importante del día”, el slogan con el que toda mamá publicita sus recetas por las mañanas. Pero, más allá de ser una frase que disfrutan repetirnos hasta el cansancio, tiene su razón de ser.

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Durante las horas de sueño realizamos un ayuno en la que nuestras funciones cerebrales se suspenden, de modo que la comida que consumimos en la primera parte del día es la encargada de reactivarlas. Así, los alimentos que consumimos interrumpen dicho ayuno, de ahí que se le llame des-ayuno.

Tampoco es gratuito el hecho de que en los desayunos se oferten ciertos alimentos, puesto que el menú está basado regularmente en los puedan dar al cuerpo las calorías necesarias para comenzar a realizar sus actividades y tener así un mejor rendimiento durante todo el día. Por ello, regularmente los desayunos se componen de lácteos, sea leche, yogur o queso, los cuales aportan calcio, hierro y zinc; cereales, galletas o pan, que proveen de carbohidratos; y frutas o jugos, que nutren de vitaminas y ayudan al organismo a una mejor digestión. Estos elementos deben aportar el 30% de los nutrientes que el organismo requiere para funcionar correctamente a diario.

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Además, dado que la glucosa es la sustancia de la que se alimenta el cerebro, y por medio de la que funciona, el desayuno debe proveer 140 gramos de ésta. Y al no hacerlo, el cerebro deberá reemplazarla a través de un combustible menos eficaz: las grasas de reserva. Es así que al no desayunar no sólo estás privando a tu organismo de estos nutrientes, sino que te generas un menor rendimiento, pues en vez de energía tendrás agotamiento y fatiga.

 

Por: María Carrión