Todos odiamos las mentiras o, al menos, que nos mientan. Sin embargo, no existe alguien en el mundo que siempre diga la verdad, incluso nos engañamos a nosotros mismos con frases como: «no me importa lo que piensen de mí» o «jamás me voy a enamorar»; se calcula que cada día oímos o leemos 200 mentiras.

“Hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntándoselo. Si dice que sí, es un sinvergüenza”: Groucho Marx.

¿Por qué lo hacemos? Ya sea por convivir, odio, egoísmo, necesidad, miedo al rechazo o castigo, compasión… y la lista sigue, pero la razón más importante es su funcionalidad, ¿cuántas veces dijiste que dormirías en casa de una amiga, cuando en realidad tu plan era otro? ¿Te funcionó? Sabemos que sí.

Mentimos

LuisedLoredo

No sólo mentimos verbalmente, lo hacemos cuando usamos maquillaje, fingimos orgasmos y sonrisas, con las cirugías cosméticas y con la ropa. Por más que intentemos  esconder nuestras mentiras, siempre habrá alguien que nos delata, nuestro cuerpo: las manos nos comienzan a sudar, nos sonrojamos, tocamos la nariz, hacemos movimientos en los pies y automáticamente elevemos el volumen de la voz.

Existen la mentiras racionales, que son aquellas que tienen un interés y su finalidad es perjudicar; las conductuales, cuando fingimos ser quienes no somos; y las emocionales que hacen referencia a cuando ocultamos los sentimientos.

La intención es lo que cuenta, ya que el motivo y efecto de la mentira define su gravedad.

Mentir es parte de nuestra naturaleza y quizá sea necesario. Habría un caos si dijéramos siempre la verdad como Jim Carrey en la película Mentiroso, mentiroso.

Por: Nadia Juárez.