Pudo haber sido en cualquier otro lugar, pero se eligió este para la manifestación del 2 de octubre de 1968. De lo que ahí iba a pasar, sólo sabían las personas con un guante blanco en la mano derecha, el presidente y su segundo a cargo. ¿Cómo íbamos a saber que estábamos a punto de volvernos testigos de uno de los peores hechos que ha tenido que pasar esta ciudad?

Todavía podemos oírlos gritar, llorar, correr y morir. Cuando llueve, nos estremecemos de pensar que pueda ser, de nuevo, sangre. Somos simples edificios, y nos convirtieron en una trampa, la peor.

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Podría no parecer, pero se escuchan cosas, se sienten otras. ¿Y si aquello de las energías es cierto? Podríamos estar condenados a convertirnos en un lugar de fantasmas.

Tlatelolco

Sexenio

Te recuerdo que estas ruinas se hacían sacrificios humanos. Más sangre. ¿Y sí de pronto, como en todo ciclo, se repite la historia? No habría por qué, pero la gente es así de impredecible. Hoy levantan una unidad habitacional de primer mundo en respuesta a las necesidades de la gente y mañana las acorralan, les disparan.

Estamos condenados a ver cómo se hacen ofrendas y se nos mantiene solemnes y lúgubres, por respeto a los que aquí cayeron. Nada podíamos hacer nosotros, solo somos edificios. En 1985 pudimos haber sido tumbas de no haber resistido al temblor, así como no lo hicieron muchos otros y bajo sus escombros, la muerte.

Ya nuestro nombre no se relaciona con el bienestar y en confort, no hay quien escuche Tlatelolco y no piense en la fatalidad.

Por: Aldo Mejía.