En años recientes, el término bipolaridad se ha vuelto tan común que se utiliza indiscriminadamente para chistes, memes y demás. Incluso hay quienes dudan de su existencia y la consideran un truco perverso de la industria farmacéutica, para vender medicamentos y ganar más dinero. Sin embargo, para las personas que padecen el trastorno afectivo bipolar, no tiene nada divertido.

Ya anteriormente revisamos en qué consiste la depresión y expusimos que la bipolaridad forma parte de ese espectro de trastornos mentales. No obstante, en aquella ocasión profundizamos más en la llamada Depresión Mayor.

De acuerdo con cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el mundo hay aproximadamente 60 millones de personas bipolares y la forma más fácil de identificarlos, es porque tienen cambios que van de periodos sumamente activos a otros con falta de energía y/o inactividad.

Los primeros se conocen como episodios maniacos, los cuales pueden incluir alegría extrema, dormir por periodos cortos sin que esto se traduzca en cansancio, comportamiento fácilmente alterable, falta de autocontrol, disminución de sus capacidades de comprensión y toma de decisiones de forma impulsiva e imprudente.

Por otra parte, está la etapa depresiva que consta de tristeza, problemas de concentración y memoria, falta de apetito o compulsión al comer, cansancio excesivo sin razón aparente, baja autoestima, pensamientos y conductas suicidas, dificultad para dormir o hacerlo en exceso y aislamiento social.

Contrario a la creencia popular, no es común que se pase de un estado a otro durante un mismo día, de hecho cada episodio puede durar varias semanas o meses. No tratarse por esta enfermedad, puede repercutir mucho en las relaciones sociales de la persona e incluso llevarla a cometer suicidio.

Sin embargo, existen tratamientos que son bastante eficientes para controlarla. Generalmente se mezcla la medicación para eliminar los síntomas con la terapia psicológica, para atacar la raíz del problema.

Por: Gerardo Guillén.